Convertir residuos en paredes y vulnerabilidad en empleos

Una persona con vulnerabilidad se vuelve una persona con potencial. Un residuo contaminante, no aprovechable para ser reciclado por alguna industria, se convierte en un material para construir casas. De ayudar a lograr esas transformaciones se trata el emprendimiendo del cordobés Lucas Recalde, la empresa 3C Construcciones. La actividad implica el aporte de tecnologías para rescatar plásticos de la basura y hacer con ellos bloques, mediante la utilización de máquinas que compactan el material dentro de estructuras de maderas. Esos fardos serán el corazón de las paredes de casas familiares u otro tipo de construcciones.
“La técnica que usamos no consume agua y casi no consume energía. Y el uso de este elemento en la construcción hace que las casas tengan un buen aislante, por lo que no se siente tanto ni el frío ni el calor; de esa manera se reduce el uso de energía”, explica Recalde, que estudió medicina, vive en el campo y dio el puntapié inicial de su reciente emprendimiento en la localidad de Agua de Oro, ubicada a unos 40 kilómetros de la capital cordobesa. Ahora está en construcción la casa número 12 y el objetivo es llegar a las 50. “Nosotros le vendemos la tecnología al municipio y, en función de sus problemáticas, decide qué se construye”, cuenta. Para este año la facturación de la empresa es de alrededor de medio millón de pesos por municipio.
“Los municipios tienen su pasivo social y ambiental”, describe el emprendedor, en referencia a los problemas de la pobreza, la marginalidad, la falta de acceso a viviendas, la disposición de los basurales y la contaminación del aire.
Al proyecto se sumó recientemente una segunda localidad: La Para. Además de gobiernos locales, se suman ONG para coordinar las tareas. Recalde rescata su alianza con el padre Mariano Oberlín, un sacerdote cordobés que trabaja para mejorar la calidad de vida de chicos y jóvenes en riesgo social, que se recuperan de adicciones.
“Se trabaja con personas que estuvieron en situación de calle y hay que ver todo lo que le pasa a quien estuvo ahí cuando tiene un empleo: eso que le pasa se le ve en los ojos, porque le cambia la mirada”, comenta. El nombre que decidió para la empresa, que es una SAS (Sociedad por Acciones Simplificada), tiene que ver con la triple construcción propuesta: la de casas, la de comunidad y la de personas.
Cada casa se levanta, en promedio, en dos meses. Recalde dice que, en comparación con el método tradicional, el proceso es un 40% más barato y logra ahorrar dos tercios de la huella de carbono.
La empresa está ahora en proceso para ser certificada como B, la calificación de negocios de triple impacto (económico, social y ambiental). Y el emprendedor fue orador en la jornada de Día B, que se hizo en Vicente López el último día de octubre y que invitó a debatir, entre otros temas, sobre las políticas públicas para la economía con propósitos sociales. “Lo que me pasó con Sistema B [la ONG que otorga las certificaciones] es que entendieron fácilmente lo que quiero: ayudar y hacerlo desde una empresa rentable”, explica.
Dejar en “un espacio aparte”, advierte, es algo que se ha hecho con la basura y con la pobreza. Integrar, desde el optimismo y con acciones que se puedan replicar, agrega, es el objetivo.

07/11/2018

Fuente: La Nación

2018-11-07T20:02:24+00:00