El Riachuelo diferente que abre una esperanza

El inspector Daniel Granzotto recuerda cómo los gusanos se les subían a las zapatillas mientras pisaba el suelo bañado por un manto de agua con sangre y sal de tres centímetros de alto. La escena será de terror, pero no de película, sino de un saladero en Lanús, donde se hacía el primer proceso de curtido del cuero. Las vacas despostadas yacían planas, pero aún con algunos restos de carne que se iban pudriendo, con sus olores y un show de micro y macro organismos. “¿Sos delicado, che?”, lo cargaban los dueños del saladero. Así de brutales eran las industrias que volcaban efluentes al Riachuelo.
Unos diez años han pasado desde entonces. Los saladeros desaparecieron de Lanús y las curtiembres, que eran grandes responsables de la contaminación química y biológica del río, han dejado de volcar–al menos, ominosamente– sus líquidos. No vayan a creer que tenemos una industria ejemplar, pero hay un cambio. Y ese cambio es apenas una parte de lo que significa limpiar un río de llanura, llamado Riachuelo.
Nadie se baña dos veces en un mismo río y esta máxima se aplica sin dudas aquí: aunque sería una locura meterse al Riachuelo, sus aguas son distintas. Este 8 de julio se cumple una década del fallo de la Corte Suprema que ordenó sanearlo, y aunque la sociedad presume que es una causa perdida, nada es igual. Esto no quiere decir que esté prístino. Recuperarlo es un complicado proceso socio-ambiental, sobre todo en la Argentina.
¿Qué cambió? Por empezar, ya no es un río inaccesible y tiene mucho menos olor. Ni los porteños o sus vecinos bonaerenses tenían idea de cómo era realmente el Riachuelo. Era apenas un espacio de agua podrida que se cruzaba a través de un puente. Es que sus riberas estaban ocupadas ya sea por empresas o por asentamientos informales, excepto en la zona correspondiente a la Avenida 27 de Febrero. Pero ya hay un camino que va desde la Isla Maciel, en Avellaneda, a la ruta 4, que permite recorrerlo casi de punta a punta. Cuando se termine de relocalizar la villa 21-24, del lado de la Ciudad de Buenos Aires, y el último retazo de la villa 20, también se podrá andar junto a él en bicicleta en la margen izquierda. Y se podrá descubrir un espacio natural impactante, un regalo que teníamos en la zona metropolitana y que estaba oculto.
¿Cuándo estará limpio? Fue el propio Ricardo Lorenzetti, el presidente de la Corte Suprema, el que lanzó impaciente la pregunta en una audiencia y no recibió respuesta, simplemente porque la cuestión del Riachuelo es más compleja que la pregunta del juez. Antes de poder tener una fecha cierta, hay que entender cómo se ensucia. Entonces, nos daremos cuenta de que el operativo para sanearlo es un puzzle en el que encajan mil piezas, que van desde cómo se pobló la región metropolitana al hecho de que en 70 años no se hicieron obras de infraestructura cloacal. La corrupción política, la inflación, la bestialidad con la que se realizaban los vuelcos industriales, la proliferación de basurales, sumada a la pobreza extrema, determinaron la otra parte del combo. Desatar todos estos nudos es el compromiso que asumió la Argentina al haber suscripto a los Objetivos de Desarrollo Sustentable de la ONU: agua limpia y saneamiento para todos en 2030.
Las industrias. El Matanza- Riachuelo es como el tronco de un árbol. Y sus ramas son los arroyos que desembocan en él. Esos arroyos se reparten desde Avellaneda a Cañuelas, de Las Heras y La Matanza a la Ciudad de Buenos Aires. Y lo que pase en sus aguas en cualquiera de esos puntos depende de lo que se haga en tierra. Por eso, se habla de una cuenca y no exclusivamente de un río. Y el organismo que está a cargo del saneamiento es Acumar, la Autoridad de Cuenca Matanza-Riachuelo. Desde el momento de la sentencia, Acumar pasó por once administraciones y dos gobiernos de opuesto color político, que le imprimieron distintos ritmos de trabajo. Nada fue perfecto, pero eso no significa que haya habido un vacío total de resultados.
En una estación de servicio de Luis Guillón, nos encontramos con el inspector Granzotto. Vamos a una fábrica de papas fritas que, como todo proceso industrial, tiene efluentes. Hay que lavar las papas, que escupen almidón, vienen con tierra, hay que freírlas… Y el aceite usado debe tener un destino, distinto al pluvial. Se necesita de una obra de ingeniería para evitar que los efluentes no lleguen con carga biológica al arroyo cercano, el Santa Catalina.
Mientras vamos al destino, le pregunto al inspector por anécdotas. “Me pasó de todo. Yo he ido a una clausura en la que una viejita de 80 años, parecida a mi abuela, se me puso de rodillas y me besó la mano. Me dijo que por favor no la clausurara. Era un lavado de baños químicos, una empresa que era un desastre. Daban ganas de llorar. También te encontrabas con empresas que te decían: Dejas a 80 familias en la calle, toma, hacete cargo vos y te daban la llave.”
¿Qué ha cambiado en estos diez años? Dorina Bonetti, actual presidenta de Acumar, responde: “Aún falta que haya una conciencia ambiental por parte de la industria. Los programas de reconversión se llevan adelante porque nosotros estamos en seguimiento continuo. Estamos sacando un régimen de sanciones más riguroso. Las infracciones que había en Acumar eran simbólicas. A las industrias les convenía más pagar la multa”.
Y agrega: “Estaban acostumbradas a que había horarios para controlarlas. En esos momentos, cumplían con la norma. Ahora, se hacen inspecciones sorpresivas. Así hemos detectado establecimientos que violan clausuras o están fuera de parámetros”.
Tal vez, uno de los aspectos más frustrantes es la demora en la construcción del parque curtidor en Lanús. Tendrá capacidad para tratar los efluentes de 62 curtiembres. El proyecto, en realidad, viene de 1983, mucho antes de la sentencia. Ahí llegaron a construir algunas instalaciones, que aún subsisten con un paradójico cartel: “La industria es vida”. Ahora, las obras del predio están en proceso de licitación. ¿Se harán esta vez?
Dock Sud. Lo que sí se está construyendo es una gran obra de Aysa, empresa que depende del Ministerio del Interior. Se llama “Sistema Riachuelo”. Esta viene a quebrar la parálisis en la infraestructura de saneamiento de la zona metropolitana de décadas. Básicamente, es un proyecto en tres partes: un gran caño colector, llamado margen izquierdo, que corre paralelo al Riachuelo a lo largo de 14 kilómetros. Su función es evitar que las cloacas desbordadas de la Ciudad de Buenos Aires vuelquen directamente en el río. Estos líquidos irán a parar, en cambio, a una planta de pre tratamiento en Dock Sud.
Una vez que separados los aceites y la arena de los barros cloacales, estos serán enviados mediante un tubo de 12 kilómetros, llamado emisario, adentro del Río de la Plata. Se utilizará la potencia dispersora de las corrientes del estuario para diseminar la materia resultante, que será liberada a través de pequeños difusores con forma de roseta.
El emisario ya ha avanzado un kilómetro debajo del Río de la Plata, abriéndose paso entre las arenas compactas ubicadas 40 metros debajo del lecho. Allí, una especie de “subte” sin estaciones lleva a los trabajadores hacia donde está la tunelera. El aire es menos espeso de lo que uno pudiera imaginarse. Los barcos pasan por encima de nuestras cabezas y no nos damos ni cuenta.
El 80 por ciento de la contaminación del Riachuelo es materia orgánica de origen domiciliario y por eso esta obra es tan importante. El Sistema Riachuelo, que estará listo en 2021, liberará a la planta de Berazategui, donde hoy tratan los efluentes porteños, para que más bonaerenses puedan tener cloacas. Por eso, beneficiará a 4 millones y medio de personas. El Gran Buenos Aires sigue teniendo un déficit inmenso de saneamiento: sólo el 56 por ciento de la población tiene acceso a las cloacas. Y, muchas veces, la obra nueva pasa por la puerta, pero la gente no se conecta porque es caro.
Era el caso de la señora Filomena, de Villa Caraza, Lanús. Ella nos cuenta que hace cuatro décadas que estaba esperando la cloaca y la conexión, que se la acaba de hacer una cooperativa financiada por Acumar. Su padre, que construyó la vivienda, se murió esperándola. Ahora, que todas las casas de la cuadra dejaron de desagotar al pozo ciego, también ha cambiado el aspecto del barrio: la gente no tira sus líquidos crudos a la zanja o al pluvial de la esquina, en la calle Boquerón, donde también se conectaban las curtiembres. Todo el combo iba a parar de ahí al Riachuelo. “El agua se empantanaba en la calle”, cuenta Filomena. Ahora, corre hasta cuando llueve.
Los más pobres. Sentado en su living de impecables paredes blancas, Marcelo Gregorio recuerda la primera noche que pasó en su departamento nuevo. Llovía. Pero él no podía dejar de extrañar el ruido de la chapa de su casa en la villa 26, que fue demolida para abrir el camino de la ribera, en Barracas.
Ahora todo le resulta un poco extraño. Faltan sus viejos vecinos, con los que había tejido inmensos lazos de solidaridad y afecto. Pero ellos fueron a otros complejos. Además, tiene que enfrentar nuevos problemas. Por ejemplo, que la gente aporte para pagar la luz de los espacios comunes.
No es que a Marcelo no le guste su casa nueva. Pero le cuesta acostumbrarse. La suya es una de las cuatro mil viviendas entregadas a la gente que vivía directamente sobre el Riachuelo. Pero falta entregar otras 14 mil. Muchas no se construyeron. Otras, ya estaban terminadas pero no tenían cloacas. O agua corriente. O colectivos cerca. Ni escuelas. Por eso, en Acumar dicen ahora que tienen como política mudar a la gente sólo cuando estén todas estas condiciones dadas.
El departamento de Marcelo, en el llamado Complejo Lacarra, debe de ser de los mejores. Pero hay casos donde la solución habitacional fue tan mala como el problema de origen. Por ejemplo, hay denuncias que el complejo Padre Mugica, a donde fue a parar una parte de la villa 21-24, es un “Cromañón en potencia”. Fue levantado por la cooperativa Sueños Compartidos, que regenteaba Sergio Shocklender. Otras casas se hicieron con tanto descuido que difícilmente puedan calificarse de “vivienda digna”.
La basura. Acaso una de las cosas más difíciles del proceso de saneamiento es remover el estatus de tacho de basura que la sociedad le ha conferido tanto a los arroyos como al cauce principal del río. Cada mes, se sacan 400 toneladas de basura del espejo de agua, un número que no ha variado en el tiempo. Esta queda atrapada en quince redes emplazadas a lo largo de 20 kilómetros. Tienen una malla profunda y cuando hay sudestada, se rompen: la fuerza de la corriente es feroz. Luego, esa basura se saca con grúas y barcos. Por su lado, en la margen de la Ciudad, la Dirección General de Limpieza levanta la mugre hasta con las manos ¿De dónde sale todo eso?
No es difícil adivinarlo: la propia gente es la que revolea la bolsa. Un miembro de la Policía Ecológica de la Provincia me cuenta, por ejemplo, que una de las fuentes de suciedad es la Feria de La Salada, en Lomas de Zamora. Cuando nadie los mira, comerciantes y fabricantes tiran todo al Riachuelo. Yo misma veo a una mujer luchando arduamente para sacar una bolsa rechoncha de un tacho de pintura y, cuando lo consigue, la deja flotando sin decirle adiós.
Acumar ha levantado todos los macro basurales a cielo abierto, excepto dos que hay en la llamada Cuenca Alta, que están a punto de ser cerrados. Había basurales de hasta 32 hectáreas, y la razón por la que existían y adquirían ese tamaño es simple: los municipios hacían la vista gorda y dejaban que las montañas de residuos crecieran sin límite en los baldíos para no pagar el relleno sanitario. Ahora, Acumar también se encarga directamente de la limpieza de los basurales más pequeños, pero los puntos de arrojo, que son las acumulaciones de roña en las esquinas, vuelven como el eterno retorno.
En las márgenes del río en Lanús o en Lomas de Zamora, los municipios dejan enormes contenedores para que los vecinos tiren ahí los residuos. Pero como no los vienen a buscar, se llena de ratas. Entonces, les prenden fuego. Esas emanaciones son cancerígenas. A los cursos de agua va a parar de todo: chanchos, perros y caballos muertos, trastos grandes, como heladeras viejas o sillones. Los asentamientos pobres, como la villa a la vera del arrollo Santa Catalina, producen enorme cantidad de residuos (sólo en el lado de Capital hay recolección por el río de las villas).
Por eso, sanear la cuenca, que ya no es la más contaminada del país (la del Luján-Reconquista le gana), tiene que ver con problemas estructurales de la Argentina. Algunos se pueden resolver más rápido. Otros son más complejos. Pero diez años después del dictamen de la Corte, los propios vecinos ya pueden empezar a apropiarse del Riachuelo. Se ve gente haciendo ejercicio o paseando. Cuando aprendamos colectivamente a apreciar la belleza de su paisaje lleno de sauces, podremos resignificar este espacio tan maltratado. Entonces, el río tendrá una nueva oportunidad. Ahora depende también de nosotros.

01/07/2018

Fuente: Clarín

2018-07-01T15:36:51+00:00